PARO GENERAL 4 DE FEBRERO DE 2010

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¡SALVAD LA CIVILIZACIÓN! CAPÍTULO I. O EL DERRUMBE DE LA HUMANIDAD O UNA ERA DE LIBERALIZACIÓN (II)

Durante décadas, los jóvenes han sido educados y las opiniones públicas han sido de continuo bombardeadas por mensajes de descalificación del capitalismo y del liberalismo, la corriente de pensamiento sustentadora de la libertad económica, a su vez base de la política.

Nunca, ninguna sociedad se ha autoflagelado tanto como la occidental, y con menos motivo. Mientras las sociedades se han beneficiado de los logros del capitalismo y de la economía libre, sus falsos líderes morales, sus arrogantes intelectuales no han hecho otra cosa que denigrarlos. Esa tenaz y corrosiva campaña no disminuyó tras la caída del Muro de Berlín, sino que se intensificó. No es extraño que, cuando el intervencionismo, el mercantilismo y la corrección política han entrado en colapso y han llevado al desastre a la sociedades, entre el pánico y la huida hacia adelante, haya saltado el resorte de culpar al capitalismo y la liberalización, que, siendo la solución, han sido sentados en el banquillo de los acusados e incluso, sin juicio, en el corredor de la muerte.

Porque esta crisis de civilización, intensificada de manera tan frívola, no ha surgido de la noche a la mañana, ni fruto de alguna esotérica conjunción astral. La extraña y extendida sensación de algo semejante, el desconcierto de buena parte de las gentes, la búsqueda agitada y algo histriónica de diagnósticos cataplasma, indica que las sociedades han vivido en la mentira y buscan alguna nueva que las tranquilice y les suma en la trampa de la esperanza: esa idea de todo punto irracional de que de la crisis se saldrá, como se ha entrado, por arte de birlibirloque, de forma que de la pesadilla despertaremos una mañana cualquiera; estrambótica reducción al absurdo de la muy cuestionable, y en sí falaz, teoría de ciclos. Ese estado atenazado de los ánimos, esa búsqueda de gurús, esas inquietas y febriles ruedas de prensa en que, mintiéndose, como es su norma, periodistas y políticos, se preguntan sobre cuándo se saldrá de la crisis; esas previsiones, mil veces rectificadas, de organismos prescindibles, con menos credibilidad que el oráculo de Delfos, no son otra cosa que manifestaciones de la causa profunda de la crisis civilizatoria, muestras palpables del dominio de la mentira, de la abjuración de la responsabilidad propia y de la degeneración del biotipo humano que se ha acostumbrado a esperarlo todo de los otros, del Estado.

El progresismo, la peor de nuestra pandemias, ese totalitarismo light, esa exuberante excrecencia de la mentira, antesala del totalitarismo con todas sus letras, ha reinventado la socialdemocracia de manera artera: los ciudadanos se han acostumbrado a ir de la cuna a la tumba adormecidos por mentiras.

De las crisis se sale con esfuerzo, con lucha, con medidas correctas, recuperando el gusto por llamar a las cosas por su nombre y con una adhesión plena a la verdad: esa disposición del espíritu a reconocer errores y a corregirlos, para la que es precisa la convicción de que existen, como polos opuestos, como valores absolutos, la verdad y la mentira. Porque no hay peor mentira, ni más letal, ni de peores consecuencias, que la del relativismo, porque es la negación de la verdad, y si ésta no existe, tampoco la mentira, de modo que ésta ha conseguido el camuflaje perfecto: todo deviene mentira, lisa y llana, aunque sea impúdico llamarla por su nombre.


El odio a los valores occidentales no ha sido importado


No, de esta crisis no se saldrá sin una conversión de los corazones, sin una purificación de las mentes recuperando esa chispa divina de la racionalidad. No se saldrá, bajo ningún concepto, sin esfuerzo personal, sin regeneración de la democracia y de las sociedades abiertas, sin el triunfo de la verdad sobre la mentira.

Porque esta crisis no es el fruto de un extraño fenómeno circunstancial, sino que se ha gestado durante décadas; en propiedad –como veremos- durante más de un siglo, con aceleración muy fuerte en las últimas. Ninguna civilización sobrevive a la pertinaz demolición por sus líderes morales –los nuevos clérigos seculares- de sus pilares. Los enemigos no han venido de fuera, sino que están dentro y arriba. El odio a los valores occidentales, y a la piedra angular que es la libertad personal –ligada siempre a la responsabilidad-, no ha sido importado, sino que es la más constante prédica, la ideología dominante, el pensamiento único, de docentes, periodistas y políticos. El odio a los valores occidentales es la más constante de las piquetas de los mismos occidentales. Por eso, cuando ha sobrevenido la previsible crisis –la avizoré y vaticiné en mi libro El manifiesto de las clases medias- puesto que ninguna sociedad es capaz de sustentarse en el expolio de los laboriosos, los capaces y los emprendedores- las respuestas instintivas no se han correspondido con los valores básicos, ha tiempo arrumbados y desacreditados, sino con más intensos procesos de demolición, con incautaciones masivas de fondos, con hurtos legales en grandes dimensiones, con agresiones ilimitadas a la propiedad privada, con la puesta en marcha de dinámicas objetivas cuya meta última es la tiranía, la mezcla de miseria y servidumbre.

La respuesta, sin excepción alguna, sin que ningún dirigente occidental haya estado a la altura de las circunstancias, en pulsión suicida, en deriva hacia el suicidio colectivo intensifica la degeneración de las democracias que se ha ido labrando durante décadas. Porque la democracia no es el gobierno de la mayoría. Ese es su aspecto formal, emanación de su núcleo básico. Antes que en la decisión de la mayoría, la democracia se basa en los derechos individuales, naturales e inherentes a la persona. La democracia surge como la decisión de individuos libres de convivir en sociedad. La mayoría no puede decidir, no forma parte de sus atribuciones, restringir o anular los derechos personales.


Democracia es poder limitado


La democracia no es expansiva, como dicen los totalitarios emboscados tras el intervencionismo. Lo que pretenden decir en su jerigonza es que el Estado es expansivo; que el Estado puede ser totalitario, siempre que lo decida la mayoría, siempre que se vivan los rituales formales de las urnas. Ninguna urna puede decidir, ni ninguna mayoría, los derechos de las personas. La democracia no es para nada expansiva. La democracia es limitativa: la tendencia constante a la limitación del poder político, la sensata consideración de que cualquier ruptura de los límites por parte de éste conduce al abuso de poder y al autoritarismo.

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